El tercer episodio de Punto de Ki·ebre, conducido por Santiago González
, abre una ventana distinta al mundo del poker. Esta vez, el invitado no es un grinder profesional ni un campeón de circuito, sino su hermano: Andrés González
, un actor, conductor y comentarista deportivo en Fox. Es el invitado inesperado para una conversación que, en lugar de girar alrededor de rankings o gráficos, se mete en terrenos más profundos: decisiones, identidad, ego y familia.
Porque Andrés no vive del poker, pero ha estado más cerca del juego de lo que muchos imaginan. Ha acompañado a Santiago en viajes, mesas grandes, historias de Vegas y conversaciones en las que el poker se convierte en algo más que cartas: en una brújula emocional.
El poker visto desde afuera: una lección de humildad
Andrés reconoce que su relación con el poker nació desde un costado muy humano: observar. Ver a su hermano crecer como jugador y como persona lo llevó a entender el juego desde una perspectiva distinta. “Yo no sé si podría vivir del poker, pero sí sé que es un lugar donde te confrontas contigo mismo”. Lo dice con honestidad, como quien admite que, para muchos, el verdadero reto no está en la mesa, sino en el silencio entre manos.
Mientras el jugador profesional convive con los swings y la presión constante, Andrés plantea algo que pocos se atreven a verbalizar: que el poker puede ser una forma de terapia. “Cuando ves a alguien tomando decisiones bajo presión, te das cuenta de que es lo mismo que hacemos todos en la vida, solo que sin fichas”. Y ahí, quizá, el poker se vuelve espejo.
Para él, viajar a Las Vegas y ver de cerca el circuito fue una mezcla de emoción y aprendizaje. No por la adrenalina del juego, sino por la vulnerabilidad que esconde cada jugador. “Hay algo muy fuerte en sentarte a competir con lo que eres, no con lo que muestras”. Y ese contraste, según Andrés, explica por qué el poker conecta tanto con personas que jamás serán profesionales.

Andrés González En El Podcast Punto De Ki·ebre.
Competencia, ego y la carga que nadie ve
Andrés, desde el mundo del espectáculo y la comunicación, ve el poker como un deporte emocional, donde el ego juega más manos que los jugadores. “El ego no te deja foldear, ni en el poker ni en la vida”. Una frase que resume perfectamente el tono del episodio.
Habla de la presión de ganar, pero también de la presión de aparentar. De las máscaras en el mundo competitivo y de cómo en el poker esas máscaras se caen más rápido. “Ahí está todo tu carácter expuesto. No puedes esconder quién eres cuando todo está en juego”.
Esa vulnerabilidad lo marcó. Y lo hizo entender mejor a su hermano. “Santi no solo juega poker, juega contra lo que siente, contra lo que piensa, contra lo que lo asusta”.
Para Andrés, acompañar ese proceso lo unió más a él. Porque a veces la hermandad no crece en los momentos bonitos, sino en los silencios incómodos.
El poker como camino: la hermandad que no se ve
El corazón del episodio está en la relación entre Andrés y Santiago. Lejos de los trofeos o los deep runs, el capítulo se enfoca en la dimensión humana de acompañar a un ser querido que vive de un juego que el mundo juzga sin entender.
Andrés lo resume de forma brillante: “El poker nos enseñó a vernos de verdad, sin filtros, sin personajes. A conocernos desde otro lugar”. Esa frase encapsula lo que vuelve este episodio especial: no es sobre estrategia, es sobre emoción; no es sobre manos, es sobre vínculos.
Para Andrés, la hermandad también es riesgo. “A veces seguir a alguien en un sueño implica aceptar sus derrotas”. Y ahí el poker aparece como metáfora perfecta: avanzar, retroceder, equivocarse, confiar. Una conversación íntima, honesta, necesaria. De esas que no buscan explicar el poker, sino explicarnos a nosotros mismos.


